domingo 6 de julio de 2008
Pasión de multitudes
Por Silvina Jegier
Homenaje al “lugar común”
Fue en una de esas tardes plomizas que noviembre regala como prólogo de lo que vendrá.
Recuerdo que durante la semana el sol pegó más y más sobre el asfalto, los empedrados, las veredas, los techos y el termómetro amenazó con explotar. El ánimo de los ciudadanos se emparejaba con el clima aplanador, los cuerpos pegajosos, apiñados en las colas y en todas partes como vacas rumbo al matadero exudaban más y más humedad; algo insoportable, creamé, y en todos lados no existían más que dos temas de conversación: el calor imposible, producto seguro del fatal agujero en la capa de ozono que lograría derretirnos y el choque por el campeonato de ese deporte capaz de enajenar a millones de argentinos.
Usted sabe que no le miento cuando digo que de eso se habló en el pueblo, en los diarios y revistas, en la tele, en la calle, los bares las oficinas y escuelas, los bancos y las plazas y en los bancos de las plazas. Ese encuentro definiría la alegría, la gloria y la victoria para una mitad y la burla y la derrota para la otra.
De eso se continuaría hablando también después. Por eso, lo que para algunos sería como tocar el cielo con las manos, para los otros sería descender al séptimo infierno. Al menos hasta el próximo encuentro, o torneo de verano, o campeonato de apertura o clausura o picado o lo que fuera.
Yo no podía más. Iba a ser protagonista. Sería parte de los once bravos de unos de los bandos que esa tarde se batirían a duelo.
Estábamos bien preparados, trabajando a conciencia, con la mente puesta sólo en el objetivo final. La recompensa bien valía el sacrificio.
Dos días antes el técnico nos convocó a la concentración. Fuimos a un hotel del centro. Las horas se estiraban como chicle, largas y pegajosas. Allí transcurrieron las charlas técnicas, vimos videos de partidos pasados del equipo contrario, escuchamos algo de música. Tele no porque todo lo que aparecía en la pantalla tenía que ver con nosotros y según los dirigentes y el cuerpo técnico sólo serviría para desconcentrarnos. La prensa amarilla ya hablaba de premios, posibles sobornos de la hinchada contraria y del apriete de la propia. No entendían que ahí también jugábamos por nuestro honor.
El “Día D” fue una tarde tranquila, llena de esa calma que precede a las tormentas. El sol era tan fuerte que derretía todo lo que quedaba a su paso..
Desde las ventanillas del micro que nos llevó a la cancha veíamos llegar hordas de hinchas anhelantes que caminaban codo a codo mostrando los colores que teñían su corazón. Coreaban cánticos, se saludaban, enarbolaban orgullosos sus banderas. Desde los cuatro puntos cardinales se veía llegar a la masa humana, se oían las canciones que como himnos brotaban de sus gargantas.
Ya en el vestuario nos cambiamos siguiendo las cábalas de costumbre. Caminamos confiados hacia el túnel. Al final la claridad y el bramido de las fieras, los periodistas, las cámaras y los otros once con sus casacas brillantes y el pecho erguido y sus ansias de alzar la copa después de arrasar con nosotros.
Mi corazón estaba a punto de estallar. Sabía, sentía que los laureles sólo podían ser nuestros. Nos palmeábamos las espaldas y sonreíamos confiados de lo que seríamos capaces de obtener. Afuera se oyó un grito ensordecedor que bajó de la cima de las tribunas hasta nuestros pies arrasando con todo aquello que se interpusiese en su camino. Los otros ya estaban afuera.
Faltábamos nosotros. Éramos los locales, los preferidos de la prensa, los mejores.
Yo iba al frente, con la cinta de capitán. Respiré hondo, saqué pecho y sintiéndome invencible me encomendé a mi dios, entorné los ojos cegado por el despiadado destello de los flashes y con paso firme, de soldado, caminé hacia el centro, a la mitad del campo, a enfrentar mi destino. El resto del equipo me siguió como un solo cuerpo con una única alma y fuimos tapados por toneladas de papelitos que volaban hacia nosotros tapizando el césped que pisábamos. Posamos para la inmortalidad, para el póster de la próxima revista, para todos los diarios que le pondrían el título “CAMPEÓN DEL AÑO”.
Intercambiamos con el otro capitán cortesías, banderines y un apretón de manos.
El árbitro, inmutable en su rol de impartir la ley por partes iguales preguntó “cara o ceca”, se definieron los arcos y por fin sonó, claro y potente, el silbato.
La batalla había comenzado. Corríamos de un lado a otro con hambre de triunfo, desbocados, chorreando sudor y amor propio.
Los otros hicieron lo suyo con hidalguía, con coraje y sin respeto por nosotros, los supuestos favoritos. Pegaron como locos, no perdonaron a nadie, ojo, nosotros un poco también dimos, pero nada que ver con ellos.
La situación se encontraba pareja. Ninguno retrocedía, tampoco avanzaba. Un partido trabado y sin lujos, nadie quería correr el riesgo del gol en el propio arco ¿me entiende? Estábamos empantanados en una lucha sin cuartel.
Era imposible, tal como estaban planteados los acontecimientos, predecir qué podría suceder.
En el entretiempo el técnico nos dio agua y dijo que era el momento de poner huevos, de dejarse de joder, carajo, que para algo nos habíamos roto el culo todo el año, que nadie daba dos mangos por nosotros, que fuimos la resaca de la tabla por años y que ésta era nuestra hora, la hora de la verdad y que, además, si perdíamos, si quedábamos afuera, mejor que nos cuidáramos porque los muchachos se iban a poner un cacho nerviosos. Todo eso nos dijo de un tirón y se fue a sentar al fondo del vestuario, yo vi que le estaba rezando a la virgen de no sé qué coso y me quedé mirándolo. Antes de pisar nuevamente el pasto me tocó el hombre y me susurró en una súplica usté haga lo que sabe, salga, agarre la redonda y corra, y sino espere cerca del arco para vacunar apenas llegue alguno de sus compañeros, pero por favor, vacune.
Habían pasado ya más de ochenta y cinco minutos y todo seguía como al principio. Nosotros tuvimos un par de oportunidades, los otros pegaron una en el travesaño, nuestro arquero mandó dos o tres al corner, diga que estaba inspirado. A mí no me llegaba una limpia, subí y bajé como loco intentando hacer el sueño de mi técnico, mío y detona la hinchada realidad.
De pronto el dos tira una larga de esas imposibles. Con la frente alta corrí como un loco, la paré justo antes de que salga fuera de la línea y encaré al arco contrario. La ansiada meta estaba allí, esperándome. Ese era mi momento, no podía dejarlo pasar.
Pensé en mi viejo y en cómo se pondría si pudiese verme; de reojo podía ver los colores de mi hinchada, mis oídos escuchaban el clamor de millones de voces coreando mi nombre y otras tantas recordando a mi santa madre.
El ansiado fin estaba allí. Éramos veintidós almas y ninguna estaba dispuesta a ceder un palmo del terreno ganado. La pelota me siguió mansita, parecía cosida a mis pies. Sin titubear pensé que a lo mejor ese día estaba predestinado a emularlo a EL, al más grande, al diez.
Pasé a uno, a otro y a otro más. La cancha se iba achicando y cuando estuve ahí me di cuenta del silencio sepulcral, expectante silencio para unos, horroroso silencio para los otros. Solamente tenía que pasar al arquero y empujar la redonda debajo de los tres palos.
Ese fue mi segundo fatal, el del silencio de la muerte que viene a buscarte cuando menos la esperás. Salió uno, de los otros, claro está, de la nada y me arrebató de las manos la gloria.
Pateó lejos jugando al contragolpe, sólo quedaba un minuto, la última jugada que agarró a mi equipo mal parado.
Estallaron las tribunas, todos gritaron, todos rogaron.
Yo quedé impotente mirando al horizonte, quieto como una estatua de sal. Vi la línea final de mi terreno y a todos mis compañeros tratando de evitar la catástrofe. Ciego, con el alma hecha pedazos y los pies de plomo no pude impedir escuchar el grito de GOL, terrible grito que sacudió los cimientos de todo el estadio y de todo el planeta derramando la alegría de la parcialidad que usaba una camiseta distinta a la mía.
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Silvina Jegier
viernes 27 de junio de 2008
Muestra: 100% Negro Fontanarrosa

La fundación OSDE está realizando una muestra sobre Fontanarrosa
100% NEGRO FONTANARROSA
En IMAGO ESPACIO DE ARTE
Suipacha 658 primer piso
100% NEGRO FONTANARROSA
En IMAGO ESPACIO DE ARTE
Suipacha 658 primer piso
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Tel: 4328-3287/6558
Comenzó el martes 17 de junio de 2008. La muestra permanecerá abierta hasta el sábado 2 de agosto de lunes a sábados, de 12 a 20 hs.
Se presentarán más de doscientas obras de Fontanarrosa, originales de viñetas de humor y tiras de historieta; afiches, tarjetas, almanaques, entre otros trabajos.
Hasta ahora no ha habido en Buenos Aires una exposición dedicada a Fontanarrosa de esta envergadura. Entre otros, puede disfrutarse en Imago Espacio Arte de:
-Varias de las historietas que dibujó junto a un compañero en la escuela primaria.
-El primer chiste grafico de boom.
-El chiste con que inició su trabajo en Clarín por más de dos décadas.
-Dos de los cuadernos con los que tomaba nota de las ideas que se le ocurrían.
-La página tipeada del primer capítulo de La Gansada.
-La producción de un abanico de géneros, recursos, técnicas, lineas, trazos, soportes...
Más información en: www.imagoespacioarte.com.ar/bs-as/index.html
Fuente: Fundación Osde.
Gracias a Adriana Galloni (http://princesaturandot.blogspot.com/) por pasarnos la información!!
-El primer chiste grafico de boom.
-El chiste con que inició su trabajo en Clarín por más de dos décadas.
-Dos de los cuadernos con los que tomaba nota de las ideas que se le ocurrían.
-La página tipeada del primer capítulo de La Gansada.
-La producción de un abanico de géneros, recursos, técnicas, lineas, trazos, soportes...
Más información en: www.imagoespacioarte.com.ar/bs-as/index.html
Fuente: Fundación Osde.
Gracias a Adriana Galloni (http://princesaturandot.blogspot.com/) por pasarnos la información!!
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Recomendados,
Roberto Fontanarrosa
jueves 26 de junio de 2008
El hijo de Butch Cassidy (Tercera parte)
Por Osvaldo Soriano
Primera parte
Segunda parte
En la semifinal ocurrieron algunas anormalidades que Cassidy no pudo controlar. Los alemanes se presentaron con cascos para protegerse las cabezas y algunos llevaban alfileres casi invisibles para utilizar en los amontonamientos. Los italianos quemaron un emblema fascista y entonaron a Verdi pero entraron a la cancha escondiendo puñados de pimienta colorada para arrojar a los ojos de sus adversarios.
Cassidy quiso darle relieve al acontecimiento y sorteó los arcos con un dólar de oro, pero no bien la moneda cayó al suelo alguien se la robó y ahí se produjo el primer revuelo. El capitán alemán acusó de ladrón y de comunista a un cocinero italiano que por las noches leía a Lenin encerrado en una letrina del corralón. En aquel lugar nada estaba prohibido, pero los rusos eran mal vistos por casi todos y el cocinero fue expulsado de la cancha por rebelión y lecturas contagiosas. Antes de dar por iniciado el partido, Cassidy lanzó una arenga bastante dura sobre el peligro de mezclar el fútbol con la política y después se retiró a mirar el partido desde un montículo de arena, a un costado de la cancha.
Como no tenía silbato y las cosas se presentaban difíciles, él sólo bajaba de la colina revólver en mano para apartar a los jugadores que se trenzaban a golpes. Cassidy disparaba al aire y aunque algunos espectadores escondidos entre los matorrales le respondían con salvas de escopeta, el testimonio de mi tío asegura que afrontó las tres horas de juego con un coraje digno de la memoria de su padre.
Cassidy hizo durar el juego tanto tiempo porque los italianos resistían con bravura y mucho polvo de pimienta el ataque alemán y en los contragolpes el anarquista Mancini se escapaba como una anguila entre los defensores demasiado adelantados. Hubo momentos en que Italia, que jugaba con un hombre menos, estuvo arriba 2 a 1 y 3 a 2, pero a la caída del sol alguien le devolvió a Cassidy su dólar de oro en una tabaquera donde había por lo menos veinte monedas más. Entonces el hijo de Butch Cassidy decidió entrar al terreno y poner las cosas en orden.
En un corner, Mancini fue a buscar la pelota de cabeza pero un defensor alemán le pinchó el cuello con un alfiler y cuando el italiano fue a protestar, Cassidy le puso el revólver en la cabeza y lo expulsó sin más trámite. Luego, cuando descubrió que los italianos usaban pimienta colorada para alejar a los delanteros rivales, detuvo el juego y sancionó tres penales en favor de los alemanes. El capataz Casciolo, furioso por tanta parcialidad, se interpuso entre el arquero y el hombre que iba a tirar los penales pero Cassidy volvió a cargar el revólver y lo hirió en un pie. Un ingeniero prusiano bastante tímido, que había jugado todo el partido recitando el Eclesiastés, se puso los anteojos para ejecutar los penales (Cassidy había contado sólo nueve pasos de distancia) y anotó dos goles. Enseguida el hijo de Butch Cassidy dio por terminado el partido y así se le escapó a Italia la Copa que había ganado en 1934 y 1938.
Los alemanes se fueron a festejar al prostíbulo y ni siquiera imaginaron que los mapuches bajados de los Andes pudieran ganarles la final como ocurrió tres días más tarde, un domingo gris que la historia no recuerda. Ese día el teléfono empezó a funcionar y a las tres de la tarde Berlín respondió a la primera llamada desde la Patagonia. Toda la comarca fue a la cancha a ver el partido y el flamante teléfono negro traído por los alemanes. Un regimiento basado en la frontera con Chile envió su mejor tropa para tocar los himnos nacionales y custodiar el orden pero los mapuches no tenían país reconocido ni música escrita y ejecutaron una danza que invocaba el auxilio de sus dioses.
Mi tío, que ofició de juez de línea, anota en su memoria que a poco de comenzado el partido aparecieron bailando sobre las colinas unas mujeres de pecho desnudo y enseguida empezó a llover y a caer granizo. En medio de la tormenta y las piedras Cassidy pensó en suspender el partido, pero los alemanes ya habían anunciado la victoria por teléfono y se negaron a postergar el acontecimiento. Pronto la cancha se convirtió en un pantano y los jugadores se embarraron hasta hacerse irreconocibles. Después, sin que nadie se diera cuenta, los arcos desaparecieron y por más que se jugó sin parar hasta la hora de la cena ya no había dónde convertir los goles. A medianoche, cuando la lluvia arreciaba, Cassidy detuvo el juego y conferenció con mi tío para aclarar la situación. Los alemanes dijeron haber visto unas mujeres que se llevaban los postes y de inmediato el árbitro otorgó seis penales de castigo contra los mapuches pero nadie encontró los arcos para poder tirarlos. Una partida del ejército salió a buscarlos, pero nunca más se supo de ella. El juego tuvo que seguir en plena oscuridad porque Berlín reclamaba el resultado, pero ya ni siquiera había pelota y al amanecer todos corrían detrás de una ilusión que picaba aquí o allá, según lo quisieran unos u otros.
A la salida del sol el teléfono sonó en medio del desierto y todo el mundo se detuvo a escuchar. El ingeniero jefe pidió a Cassidy que detuviera el juego por unos instantes pero fue inútil: los mapuches seguían corriendo, saltando y arrojándose al suelo como si todavía hubiera una pelota. Los alemanes, curiosos o inquietos pero seguramente agotados, fueron a descolgar el teléfono y escucharon la voz de su Fuhrer que iniciaba un discurso en alguna parte de la patria lejana. Nadie más se movió entonces y el susurro alborotado del teléfono corrió por todo el terreno en aquel primer Mundial de la era de las comunicaciones.
En ese momento de quietud uno de los arcos apareció de pronto en lo alto de una colina, a la vista de todos, y las mujeres reanudaron su danza sin música. Una de ellas, la más gorda y coloreada de fiesta, fue al encuentro de la pelota que caía de muy alto, de cualquier parte, y con una caricia de la cabeza la dejó dormida frente a los palos para que un bailarín descalzo que reía a carcajadas la empujara derecho al gol.
William Brett Cassidy anuló la jugada a balazos pero en su memoria alucinada mi tío dió el gol como válido. Lástima que olvidó anotar otros detalles y el nombre de aquel alegre goleador de los mapuches.
FIN
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Osvaldo Soriano
lunes 23 de junio de 2008
El hijo de Butch Cassidy (Segunda parte)
Por Osvaldo Soriano
Primera parte
En mayo, cuando empezaron las lloviznas, el capataz calabrés Giorgio Casciolo advirtió que con la arena mojada la pelota empezaba a rebotar para cualquier parte y que los enviados del Fuhrer , que ya probaban el teléfono en secreto y abusaban de la cerveza, no las tenían todas consigo. En un nuevo partido contra los guaraníes el resultado, luego de dos horas de juego sin descanso, fue apenas de 5 a 2. En otro, los ingleses que colocaban las vías del ferrocarril se pusieron 4 goles a 5 cuando se hizo de noche y los alemanes argumentaron que había que guardar la pelota para que no se perdiera entre los espesos matorrales. A fin de mes los pescadores del Limay, que eran casi todos chilenos, perdieron por 4 a 2 porque William Brett Cassidy concedió dos penales a favor de los alemanes por manos cometidas muy lejos del arco.
Una noche de juerga en el prostíbulo de Zapala, mientras un ingeniero de Baden—Baden trataba de captar noticias sobre el frente ruso en la radio de la señora Fanny—La—Joly, un anarquista genovés de nombre Mancini al que le habían robado los pantalones se puso a vivar al proletariado de Barda del Medio y salió a los pasillos a gritar que ni los alemanes ni los rusos eran invencibles. En el lugar no había ningún ruso que pudiera darse por aludido, pero el ingeniero alemán dió un salto, levantó el brazo y aceptó el desafío. El capataz Casciolo, que estaba en una habitación vecina con los pantalones puestos, escuchó la discusión y temió que la Copa de 1938 empezara a alejarse para siempre de Italia.
A la madrugada, mientras regresaban a Barda del Medio a bordo de un Ford A, los italianos decidieron jugarse el título y defenderlo con todo el honor que fuera posible en ese tiempo y en ese lugar. Sólo cinco o seis de ellos habían jugado alguna vez al fútbol pero uno, el anarquista Mancini, había pasado su infancia en un colegio de curas en el que le enseñaron a correr con una pelota pegada a los pies.
Al día siguiente la noticia corrió por todos los andamios de la obra gigantesca: los campeones del mundo aceptaban poner en juego su Copa. Los mapuches no sabían de que se trataba pero creían que la Copa poseía los secretos de los blancos que los habían diezmado en las guerras de conquista. Los ingleses lamentaban que sus enemigos alemanes se quedaran con la gloria de aquel torneo fugaz; los argentinos esperaban que el gobierno los sacara de aquel infierno de calor y de arena y en secreto tramaban un sistema defensivo para impedir otra goleada alemana. Los guaraníes habían hecho la guerra por el petróleo con Bolivia y estaban acostumbrados a los rigores del desierto aunque no tenían más de tres o cuatro hombres que conocieran una pelota de fútbol. También formaron equipos los curas y obreros polacos, los intelectuales franceses y los almaceneros españoles. Los franceses no eran suficientes y para completar los once pidieron autorización para incorporar a tres pescadores chilenos.
Los alemanes insistieron en que todo se hiciera de acuerdo con las reglas que ellos creían recordar: había que sortear tres grupos y se jugaría en los lugares adonde llegaría el teléfono para llamar a Berlín y dar la noticia. William Brett Cassidy insistió en que los árbitros fueran autorizados a llevar un revólver para hacer respetar su autoridad y como la mayoría de los jugadores entraban a la cancha borrachos y a veces armados de cuchillos, se aprobó la iniciativa.
Se limpiaron a machetazos tres terrenos de cien metros y como nadie recordaba las medidas de los arcos se los hizo de diez metros de ancho y dos de altura. No había redes para contener la pelota pero tanto Cassidy como mi tío Casimiro, que oficiarían de árbitros, se manifestaron capaces de medir con un golpe de vista si la pelota pasaba por adentro o por afuera del rectángulo.
El sorteo de las sedes y los partidos se hizo con el sistema de la paja más corta. La inauguración, en Barda del Medio, quedó para la Italia campeona y el aguerrido equipo de los guaraníes. Al otro lado del río, en Villa Centenario, jugaron alemanes, franceses y argentinos y sobre la ruta de tierra, cerca del prostíbulo, se enfrentaron españoles, ingleses y mapuches.
En todos los partidos hubo incidentes de arma blanca y las obras del dique tuvieron que suspenderse por los graves rebrotes de nacionalismo que provocaba el campeonato. En la inauguración Italia les ganó 4 a 1 a los guaraníes que no tenían otra bandera que la del Paraguay. En las otras canchas salieron vencedores los alemanes contra los franceses y los indios mapuches se llevaron por delante a los ingleses y a los almaceneros españoles por cinco o seis goles de diferencia.
Los dos primeros heridos fueron guaraníes que no acataron las decisiones de Cassidy. El referí tuvo que emprenderla a culatazos para hacer ejecutar un penal a favor de Italia. Al otro lado del río mi tío Casimiro tuvo que disparar contra un delantero mapuche que se guardó la pelota abajo de la camisa y empezó a correr como loco hacia el arco británico en el segundo partido de la serie. Los mapuches tuvieron dos o tres bajas pero ganaron la zona porque los británicos se empecinaron en un fair play digno de los terrenos de Cambridge.
La memoria escrita por mi tío flaquea y tal vez confunde aquellos acontecimientos olvidados. Cuenta que hubo tres finalistas: Alemania, Italia y los mapuches sin patria. La bandera del Tercer Reich flameó más alta que las otras durante todo el campeonato sobre las obras del dique pero por las noches alguien le disparaba salvas de escopeta. William Brett Cassidy permitió que los alemanes eliminaran a la Argentina gracias a la expulsión de sus dos mejores defensores. Es verdad que el arquero cordobés se defendía a piedrazos cuando los alemanes se acercaban al arco, pero ése era un recurso que usaban todos los defensores cuando estaban en peligro. Antes de cada partido los hinchas acumulaban pilas de cascotes detrás de cada arco y al final de los enfrentamientos, una vez retirados los heridos, se juntaban también las piedras que quedaban dentro del terreno.
Continuará...
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Osvaldo Soriano
viernes 20 de junio de 2008
El hijo de Butch Cassidy
Por Osvaldo Soriano
El Mundial de 1942 no figura en ningún libro de historia pero se jugó en la Patagonia argentina sin sponsors ni periodistas y en la final ocurrieron cosas tan extrañas como que se jugó sin descanso durante un día y una noche, los arcos y la pelota desaparecieron y el temerario hijo de Butch Cassidy despojó a Italia de todos sus títulos.
Mi tío Casimiro, que nunca había visto de cerca una pelota de fútbol, fue juez de línea en la final y años más tarde escribió unas memorias fantásticas, llenas de desaciertos históricos y de insanías ahora irremediables por falta de mejores testigos.
La guerra en Europa había interrumpido los mundiales. Los dos últimos, en 1934 y 1938, los había ganado Italia y los obreros piamonteses y emilianos que construían la represa de Barda del Medio en la Argentina y las rutas de Villarrica en Chile se sentían campeones para siempre. Entre los obreros que trabajaban de sol a sol también había indios mapuches conocidos por sus artes de ilusionismo y magia y sobre todo europeos escapados de la guerra. Había españoles que monopolizaban los almacenes de comida, italianos de Génova, Calabria y Sicilia, polacos, franceses, algunos ingleses que alargaban los ferrocarriles de Su Majestad, unos pocos guaraníes del Paraguay y los argentinos que avanzaban hacia la lejana Tierra del Fuego. Todos estaban allí porque aún no había llegado el telégrafo y se sentían a salvo del terrible mundo donde habían nacido.
Hacia abril, cuando bajó el calor y se calmó el viento del desierto, llegaron sorpresivamente los electrotécnicos del Tercer Reich que instalaban la primera línea de teléfonos del Pacífico al Atlántico. Con ellos traían una punta del cable que inauguraba la era de las comunicaciones y la primera pelota del mundo a válvula automática que decían haber inventado en Hamburgo. Luego de mostrarla en el patio del corralón para admiración de todos desafiaron a quien se animara a jugarles un partido internacional. Un ingeniero de nombre Celedonio Sosa, que venía de Balvanera, aceptó el reto en nombre de toda la nación argentina y formó un equipo de vagos y borrachos que volvían decepcionados de buscar oro en las hondonadas de la Cordillera de los Andes.
El atrevimiento fue catastrófico para los argentinos que perdieron 6 a 1 con un pésimo arbitraje de William Brett Cassidy, que se decía hijo natural del cowboy Butch Cassidy que antes de morir acribillado en Bolivia vivió muchos años en las estancias de la Patagonia con el Sundance Kid y Edna, la amante de los dos.
No bien advirtieron la diversidad de países y razas representados en ese rincón de la tierra, los alemanes lanzaron la idea de un campeonato mundial que debía eternizar con la primera llamada telefónica su paso civilizador por aquellos confines del planeta. El primer problema para los organizadores fue que los italianos antifascistas se negaban a poner en juego su condición de campeones porque eso implicaba reconocer los títulos conseguidos por los profesionales del régimen de Mussolini.
Algunos irresponsables, ganados por la curiosidad de patear una pelota completamente redonda y sin tiento, se dejaban apabullar por los alemanes a la caída del sol mientras la línea del teléfono avanzaba por la cordillera hacia las obras del dique: un combinado de almaceneros gallegos e intelectuales franceses perdió por 7 a 0 y un equipo de curas polacos y desarraigados guaraníes cayó por 5 a 0 en una cancha improvisada al borde del río Limay.
Nadie recordaba bien las reglas del juego ni cuánto tiempo debía jugarse ni las dimensiones del terreno, de manera que lo único prohibido era tocar la pelota con las manos y golpear en la cabeza a los jugadores caídos. Cualquier persona con criterio para juzgar esas dos infracciones podía ser el árbitro y así fue como mi tío y el hijo de Butch Cassidy se hicieron famosos y respetables hasta que por fin llegó el teléfono.
Hubo un momento en que la posición principista de los italianos se volvió insostenible. ¿Cómo seguir proclamándose campeones de una Copa que ni siquiera reconocían cuando los alemanes goleaban a quien se les pusiera adelante? ¿Podían seguir soportando las pullas y las bromas de los visitantes que los acusaban de no atreverse a jugar por temor a la humillación?
Continuará...
"El hijo de Butch Cassidy" fue publicado originalmente en el diario Página/12. Forma parte de "Cuentos de los años felices", Editorial Sudamericana, 1993
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Osvaldo Soriano
viernes 6 de junio de 2008
Salvando las distancias, un recuerdo futbolero
Por Alejandro Bennet
Si mal no recuerdo fue un partido contra Lanús, no soy bueno para los resultados pero si me acuerdo de esta anécdota ha de ser porque ganamos; siempre que Boca pierde yo me olvido del partido, hay una especie de magia exitista con mi memoria.
Había ido a la cancha con un amigo chileno que quería conocer la mítica Bombonera y yo siempre ando en plan de anfitrión con los extranjeros, me gusta mostrar que pasé toda mi vida entre lo que ellos tenían tantas ganas de conocer.
El partido estuvo bien, era comienzo de campeonato y había alegría en el aire además de otras sustancias. Se cantó mucho ese partido, el chileno estaba encantado. Claro, allá no se vive de la misma manera, hay como mucha mesura a la hora de gritar.
Pobre el chileno, estaba callado al lado mío mirando como alentábamos y en eso, andá a saber por qué, en un ataque de Lanus, sin riesgo porque estaba liquidado el partido, saltó uno de atrás nuestro y se puso como loco a insultar a un jugador del otro equipo que vaya a saber uno quién era. El tema es que no lo agredía a la ligera, no. “Chileno hijo de puta” le decía, “chileno cagón” continuaba. Un propendo de insultos magistral pero siempre precedido de “chileno”; ni cerca de ser chileno estaba el jugador encima.
Vaya uno a saber de donde salió eso, en la popular hay cada cosa también, y mi amigo, pobre, se reía nomás, como si le causara gracia que ser chileno era -para ese hincha- un insulto en sí.
Pero no era eso lo que me estaba acordando, sino de un viejito que estaba al lado nuestro vestido con un piloto negro que parecía ser parte de su piel ya. Callado el viejo, miraba el partido mientras tenía su radio sin auriculares pegada al oído. Cada tanto nos hablaba, como si fuéramos antiguos conocidos, nos decía “a este tres hay que matarlo”, y al rato agregaba “fenómeno el tres como levantó eh, me hace acordar a Marzolini”. Andá a saber cuántos equipos habrá visto el hombre.
Esa tarde con Lanús el que estaba intratable era Palacio, de acá para allá se corría todo; buscaba pases imposibles y los recuperaba. Estábamos todos encantados, el chileno cada dos minutos me decía “como corre ese cabro”, para qué, una fiesta de elogios. Y yo esperaba el comentario del viejito, porque uno nunca sabe con que se va a encontrar, ¿no? Y llegó el comentario, me miró después de una jugada bárbara que no terminó en gol y me dijo “Cómo se extraña al murciélago, ¿no? Graciani lo hacía seguro. Aunque este pibe, Palacio, es bueno eh. Lindas diagonales tira, habrá aprendido del Alfil.”
Y yo mucho no me acordaba sinceramente, entre que soy joven y que estaba metido en el partido no entendí de quien hablaba y le pregunté nomás. Para qué, un discurso me dio el viejo: “El alfil Graciani, alfil por las diagonales que tiraba. Campeón de la Supercopa 89, de la Recopa 90, 81 goles tiene en Boquita. Graciani, que fenómeno, podés creer, 250 partidos con la azul y oro, nene.”
Yo me sentía ignorante y un poco avergonzado. Quería zafarla de algún modo, quedar bien con uno esos hinchas históricos, que tienen más partidos vistos que las gradas mismas. “Pero Palacio también es bueno, ¿o no?”, le dije a ver que salía. “¿Palacio? Un crack el pibe, poco más de cien partidos y supera los cuarenta goles, ¿de qué me hablás? Viste como corre, busca todas. ¿Y las diagonales que tira?, otra que Graciani. Graciani, que fenómeno el alfil, 81 goles nos dio, podes creerlo”. No se acordaba lo que decía el viejo, sólo sabía de jugadores, de campeonatos, de goles, de partidos. Pero bueno, que otra cosa importaba, estábamos en la cancha y aproveché la amnesia del anciano para quedar bien viste, “el alfil por las diagonales que tiraba, ¿no?” le dije. Después nos interrumpió un gol, es que pasan tantas cosas en la tribuna, cuando quise darme cuenta, estaba el chileno amigo mío festejando el gol abrazado al que puteaba a los chilenos.
Cosas del fútbol. Yo volví a casa y me puse a ver videos que tenía por ahí, la verdad que un fenómeno el alfil, tenía razón el viejo nomás, tenía razón.
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Alejandro Bennet
miércoles 21 de mayo de 2008
El penal más largo en el mundo (Tercera parte)
Por Osvaldo Soriano
Primera parte
Segunda parte
A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como
si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme
negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro
de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado
el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se
había inventado la tarjeta roja, y Herminio señala la entrada del túnel con
una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.
Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el
penal. Entonces el arbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra
una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había
peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.
Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás
del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las
manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.
En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de
ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un
campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena
de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias
llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la
respiración.
Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los
dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del
pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la
pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían
cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces -contó después-
que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el
arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus
fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la
nuca, que cuando la pelota salió hacía el arco, el referí sintió que los
ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un
paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía
el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del
Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en
el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar
la pelota al córner porque había quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el
asombrado, pero el arbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el
suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró
sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la
bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba
“¡no vale, no vale!”.
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el
desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino
y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los
mensajeros como una mueca atónita.
Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no
hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando
se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque
él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede
jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que
querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había
que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez
bajo el arco.
Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y
recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a
Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de
festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha
rodeados por la policía.
El pelotazo salió hacía la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo
lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener.
Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos
del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que
miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija
de la calesita.
Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo
encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en
punta de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo
de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino del hermano del
Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los
ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no
llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a
buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un
perro apaleado.
-Bien, pibe -me dijo-. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando
por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se
va a acordar de mí.
FIN
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Osvaldo Soriano
lunes 19 de mayo de 2008
El penal más largo en el mundo (Segunda parte)
Por Osvaldo Soriano
Primera parte
Según el tribunal de al Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse
veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte
entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el
domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el
penal duro una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo
de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo
vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían
reunido do en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para
patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba
de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.
Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le
pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que
estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borseguí militar y casi arranca
la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron
a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para
atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un
escarbadientes en la boca y dijo:
-Constante los tira a la derecha.
-Siempre -dijo el presidente del club.
-Pero él sabe que yo sé.
-Entonces estamos jodidos.
-Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.
-Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la
mesa.
-No. El sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a
dormir.
-El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente el club cuando lo vio
salir pensativo, caminando despacio.
El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo
encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía
un perro con el rabo cortado.
-¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
-No sé. ¿Qué me cambia eso?- preguntó.
-Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de
Belgrano.
-Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer -dijo y
silbó al perro para volver a su casa.
El viernes, la rubia de Ferreyra esta atendiendo la mercería cuando el
intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como
una sandía abierta.
Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
-Pobre tipo -dijo ella con una mueca y ni miro las flores que habían llegado
de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.
A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a
fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la
cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la
vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a
pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio
vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que
atajara el penal, en el baile.
-¿Y yo cómo sé? -dijo él.
-¿Cómo sabés qué?
-Si me tengo que tirar para ese lado.
La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado
las bicicletas.
-En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién -dijo ella.
¿Y si no lo atajo? -preguntó él.
Entonces quiere decir que no me querés -respondió la rubia, y volvieron al
pueblo.
El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente,
pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a
un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel
lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en
una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una
posta entre el estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del
Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había
quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte
metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de
Estrella Polar.
Continuará...
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Osvaldo Soriano
jueves 15 de mayo de 2008
El penal más largo en el mundo
Por Osvaldo Soriano
El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar
perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un
estadio vacío.Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de
borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía
un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los
domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las
bardas y el polen de las chacras.
Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando
yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz,
el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo.
El blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato
participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo
del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer
lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en
el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a
Escudo Chileno, otro club de miseria.
A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían
ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce
pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.
Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo
Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles,
quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de
Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba
todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los
nuestros.
Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos
como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban
como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje
negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los
labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de
mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros,
que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban
si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban
apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les
aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra
húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda
Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella
guardaban en la heladera.
Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos les
recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los
comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el
cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera
de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a
Atlético San Martín por 2 a1.
En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y
al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo
Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que
la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1
a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron
a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.
El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba
repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que
Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era
fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los arboles.
Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por
asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran
quietos.
El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las
rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el
empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y
todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se
tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y
malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y
Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal
porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el
puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se
pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y
alargó el partido hasta que Padín entró en el área y ni bien se le acercó un
defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el
penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha
blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó
siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el
Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se
hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a
Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el
partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado
de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del
pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un
estadio vacío.Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de
borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía
un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los
domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las
bardas y el polen de las chacras.
Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando
yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz,
el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo.
El blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato
participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo
del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer
lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en
el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a
Escudo Chileno, otro club de miseria.
A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían
ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce
pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.
Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo
Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles,
quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de
Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba
todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los
nuestros.
Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos
como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban
como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje
negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los
labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de
mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros,
que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban
si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban
apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les
aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra
húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda
Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella
guardaban en la heladera.
Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos les
recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los
comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el
cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera
de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a
Atlético San Martín por 2 a1.
En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y
al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo
Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que
la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1
a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron
a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.
El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba
repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que
Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era
fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los arboles.
Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por
asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran
quietos.
El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las
rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el
empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y
todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se
tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y
malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y
Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal
porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el
puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se
pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y
alargó el partido hasta que Padín entró en el área y ni bien se le acercó un
defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el
penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha
blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó
siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el
Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se
hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a
Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el
partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado
de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del
pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
Continuará...
Osvaldo Soriano (1943/1997), escritor y periodista argentino, nació en Mar del Plata el 6 de enero de 1943. Durante la niñez varió permanentemente de residencia siguiendo el destino familiar. El desarraigo lo marcó.
Ganó sus primeros pesos jugando al fútbol y nunca terminó el ciclo secundario. Muy joven escribió sus primeros cuentos. Luego ejercería el periodismo en El Eco de Tandil, Primera Plana, Panorama, La Opinión y El Cronista.
Publicó su primera novela, titulada "Triste, solitario y final", en 1973. Ya en el exilio europeo a causa de la dictadura militar, publicó No habrá más penas ni olvido (1978) y Cuarteles de invierno (1980).
De vuelta al país continuó su actividad literaria, al mismo tiempo que su profesión de periodista. En 1987 fundó el diario Página/12, para el cual escribió contratapas hasta 1997.
Su último libro fue La hora sin sombra (1995). Varias de sus novelas han sido llevadas al cine y su obra se tradujo en más de veinte países.
Aunque él desestimara sus propios logros, ha vendido más de un millón de ejemplares y ha sido reconocido internacionalmente por su producción literaria. Premios que obtuvo: Raymond Chandler Award (1994) que antes había ganado Graham Greene. La revista "Análisis" de Santiago de Chile, le otorgó el premio Carrasco Tapia. En Argentina lo distinguieron las fundaciones Konex y Quinquela Martín.
Murió el 29 de enero de 1997 en Buenos Aires.
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Osvaldo Soriano
miércoles 7 de mayo de 2008
Nunca jamás
Por Walter Saavedra
Cómo vas a saber lo que es el
amor si nunca te hiciste hincha de un club.
Cómo vas a saber lo que es el
dolor si jamás un zaguero te
azotó la tibia y el peroné.
Cómo vas a saber lo que es el
placer si nunca ganaste un
clásico barrial.
Cómo vas a saber lo que es
llorar si jamás perdiste un clásico
sobre la hora con un penal dudoso.
Cómo vas a saber lo que es el
cariño si nunca acariciaste la
redonda de chanfle entrándole
con el réves del pie en el
cachete para dejarla jadeando bajo la red.
Cómo vas a saber lo que es la
solidaridad si jámas saliste a dar la
cara por un compañero golpeado sin
fe desde atrás.
Cómo vas a saber lo que es la
poesía si nunca tiraste una gambeta.
Cómo vas a saber lo que es la
humillación si jamás te hicieron un caño.
Cómo vas a saber lo que es la
amistad si nunca devolviste una pared.
Cómo vas a saber lo que es un
orgasmo si jamás diste una
vuelta olímpica de visitante.
Cómo vas a saber lo que es el
pánico si nunca te sorprendieron
mal parado en un contragolpe.
Cómo vas a saber lo que es
morir un poco si jámas fuiste a
buscar la pelota adentro del arco.
Cómo vas a saber lo que es la
izquierda si nunca jugaste en equipo.
Cómo vas a saber lo que es la
xenofobia si en ninguna cancha
te gritaron "negro de mierda".
Cómo vas a saber lo que es la
soledad si jamás te paraste bajo
los tres palos a doce pasos de
un fusilero dispuesto a acabar
con tus esperanzas.
Cómo vas a saber lo que es el
barro si nunca te tiraste a los
pies de nadie para mandar la
pelota sobre un lateral.
Cómo vas a saber lo que es el
egoísmo si nunca hiciste una de
más cuando tenías que darsela
al nueve que estaba mejor ubicado.
Cómo vas a saber lo que es el
arte si nunca inventaste una rabona.
Cómo vas a saber lo que es la
música si jamás cantaste
haciendo equilibrio sobre un
paravalancha.
Cómo vas a saber lo que es el
suburbio si nunca te paraste de wing.
Cómo vas a saber lo que es la
clandestinidad si nunca te tiraron
un pelotazo para que te
aguantes vos sólo a toda la defensa rival.
Cómo vas a saber lo que es la
injusticia si nunca te sacó tarjeta
roja un referee localista.
Cómo vas a saber lo que es el
insomnio si jamás te fuiste al descenso.
Cómo vas a saber lo que es el
odio si nunca hiciste un gol en contra.
Cómo vas a saber lo que es la vida,
si nunca, jamás, jugaste al fútbol.
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